La Lealtad se repite como farsa

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Aquí estamos, estirando las evocaciones del Día de la Lealtad. Literalmente, la palabra lealtad sintetiza la cualidad de quienes respetan la ley. Claro que, si bien Perón decía que “dentro de la ley todo y fuera de la ley, nada”, la lealtad peronista se entiende más como subordinación al líder que a las normas. Pero no le echemos la culpa de todo al General, que tampoco fue tan grande como para inventar a su medida esa manipulación y apropiación personalista de la lealtad. Fueron los señores del feudalismo medieval quienes, allá por el Siglo XVI, especificaron que el apego a la ley debía expresarse no sólo en la adhesión al régimen establecido y la disciplina que ello implicaba, sino más que nada en la devoción y la reverencia al soberano. Entendemos a la lealtad como lo contrario de la traición. Y si la cultura occidental le asignó tanta importancia, no habrá sido, precisamente, por sobreabundancia de leales. El caudillismo latinoamericano es de origen medieval: nos lo dejaron como herencia los conquistadores. Suele asociarse la lealtad con el patriotismo y otros ideales supuestamente nobles. Sin embargo, la Historia y la filosofía cuestionan con datos ese principio: ¿Quién determina lo que es justo, patriótico y digno de lealtad, sino aquel que así lo impone?

En nuestro país, la lealtad es un principio sublimado por la identidad política peronista. O sea que, según esa manera de organizar las voluntades, el de los desleales o traidores es el bando de los otros. Nada tan tajante como una identidad suele resultar de otra cosa que no sea una tragedia. La secuencia Perón secretario de Trabajo y Previsión, Perón encarcelado y rescatado de la cárcel, Perón ungido presidente, Perón prematuramente viudo y Perón derrocado y exiliado y vuelto a traer explican el porqué de la lealtad peronista como drama. El asunto es en qué se transforma la presunta lealtad cuando el líder no está más porque estás muerto y ya no puede volver más. Sin soberano, no hay ley, no hay idea, no hay nada que justifique la lealtad paternalista.

En vida, fue Perón quien decidía quiénes eran los leales y quiénes, los traidores. Incluso pudo decidir que los leales de hoy terminaran siendo los traidores de mañana y viceversa. En el auge de la resistencia peronista, se acusó al jefe de la CGT, Augusto Timoteo Vandor, de intentar un “peronismo sin Perón”, que estaba vivo pero desterrado. Después, el mismo Perón, vivo y repatriado, echó de la Plaza a los “jóvenes imberbes” que había cebado validando “todos los métodos de lucha” incluso para combatir al “peronismo sin Perón”. Cuesta no ver un desfile de fantasmas entre el Día de la Lealtad de ayer, de tono kirchnerista, y el Día de la Lealtad de hoy, de corte sindical. Parafraseando a Carlos Marx, parece que también la lealtad también se dio como tragedia y se repite como farsa.

Tendemos a entender la palabra farsa como mentira y farsante como mentiroso. Pero la farsa es un género menor de la comedia. O la opción dramática de reírse por no llorar. Hebe de Bonafini nació a la política rodeada de trotskistas. Amado Boudou, lo hizo desde la admiración estudiantil de Álvaro Alsogaray. Descollaron ayer en la Plaza de Mayo, criticando fuerte a un presidente peronista que les recuerda demasiado al radical Raúl Alfonsín, aunque haya sido mano derecha del Néstor Kirchner al que tanto dicen amar porque los incorporó a la dimensión de la lealtad peronista. Al mismo tiempo, el camporista sin currículum laboral Andrés “El Cuervo” Larroque se puso serio para decir que ese acto fue una movilización popular espontánea, poniendo también a la espontaneidad en la picota.

Todos los mencionados antes fueron acusados de tener un “discurso imbécil” por Miguel Ángel Pichetto, que fue el escribano en jefe del kirchnerismo senatorial hasta el último minuto de Cristina Presidenta. Hoy, el turno de la lealtad sindical se da bajo la tutela de los movimientos de desocupados, lo cual implica tensión política en torno a la “columna vertebral del movimiento”, pero responde a la lógica de un país donde hay mucha menos gente laburando que en la lona. O sea, donde nadie tiene idea de qué significa eso del “primer trabajador” que canta la marcha.