Una reunión entrañable de amigos en un lugar fuera del tiempo

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Dali López interpreta a Borges y es el autor de la obra.

¿Cómo llega esta oportunidad de reponer la obra?

Veníamos haciendo representaciones con muy buena repercusión de público y crítica. Estábamos invitados para hacerla en la Feria del Libro Buenos Aires, cuando nos sorprendió la pandemia. Ahora, después de este tiempo volvemos, y lo hacemos gracias al Ministerio de Cultura de la Provincia de Santa Fe que nos convocó.

La obra es la adaptación de un cuento tuyo. ¿Cuál fue el disparador para aquel primer trabajo? ¿Cómo surgió en su momento la idea de adaptarlo al teatro?

Comencé a escribir a poco del fallecimiento de Roberto Fontanarrosa. La última versión corregida figura en febrero de 2008. El disparador fue, sin dudas, el impacto que provocó en mí la partida de un hombre muy bueno que nos dejaba su genialidad en historietas desopilantes, en cuentos maravillosos y unos personajes tan entrañables como él. La adaptación para teatro vino mucho después. Tanto después que fue estrenada el día del décimo aniversario de la muerte del Negro.

Desde tu mirada de autor, ¿cuál es el tema central del cuento y de la obra?

La amistad. Claro que no es algo que uno se proponga a priori, pero tampoco es una decisión del azar. No debe ser casualidad, porque Roberto Fontanarrosa era, esencialmente, un muy buen amigo con sus amigos. Yo lo traté mucho, compartí momentos inolvidables, pero no tenía una amistad con la misma cercanía que tuvieron Ricardo Centurión, el Pitufo Fernández, Chiquito Martorell , Belmondo y otros.

¿Pensar en Borges y Fontanarrosa reunidos implica un contraste similar al que se da en la obra “Eva y Victoria”?

En esta ficción hay un contrapunto entre lo popular y lo “culto”, pero que no se da entre Fontanarrosa y Borges. Es entre Borges y Cachito, un legendario mozo del viejo Cairo. Claro que la discusión no pasa por determinar cuál es el libro emblema de la literatura argentina, sino en la manifiesta diferencia de criterios frente al hecho de acercarse a una mujer querida.

¿Existe entre los dos autores un conflicto entre lo que se considera culto y lo que se considera popular?

En esta ficción, ambos “espíritus”, convocados por el recuerdo de sus amigos de El Cairo, se ven obligados a permanecer juntos. Borges no conoce a Fontanarrosa, y al descubrir que Roberto era un escritor y humorista de temas populares, que dedicaba su creatividad al fútbol y las pasiones de los hinchas, se siente incómodo, con cierto desagrado. Ahí se juega un conflicto, pero que no se extiende implícitamente ni profundiza.

Desde un punto de vista especulativo, ¿cómo creés que se hubiesen llevado en la realidad?

Es difícil de imaginar, aunque mi especulación, de algún modo, está en la obra, donde la percepción de uno por el otro se va modificando con el transcurrir de la escena.

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¿Cuál es el secreto para la vigencia de Fontanarrosa?

Creo que toda obra con la que podemos identificarnos y que acierta con algunas claves de la condición humana, no pierde vigencia. Uno lee los cuentos del Negro una, diez, cien veces, y se sorprende siempre, igual que la primera vez.

¿Cómo cambió la obra a través de los años y las sucesivas reposiciones?

De una representación a otra, el director, los actores, yo como autor, vamos encontrando matices, giros nuevos, algunas palabras nuevas que enriquecen la historia, pero no la modifican en su contenido.

En la obra está presente el tema de la mujer. ¿Cómo ves el tratamiento de ese aspecto a la luz de los movimientos reivindicatorios femeninos de los últimos años?

Lo que está presente es lo que una mujer puede despertar en los hombres. Claro que no hay “la mujer” y tampoco “el hombre”. Hay cierta mujer y ciertos hombres, diversos en sus pareceres, sentimientos y gustos.

¿Qué determina que Fontanarrosa sea un clásico?

Central y Newell’s, entre otras cosas. Y, como hablábamos antes, creo que debe su vigencia a la identificación de los lectores y al acierto con algunas claves de la condición humana.

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¿Qué aspectos de su vida y de su obra constituyen su identidad como rosarino?

Es claro que el Negro era un rosarino muy arraigado. Jamás vivió en otro lugar que esta ciudad. Creo que eso lo transmite en sus cuentos, incluso sin necesidad de ser explícito.

¿Se puede pensar en Fontanarrosa sin Rosario o en Rosario sin Fontanarrosa? ¿Quién construyó a quién?

El Negro es un auténtico ídolo popular, del que los rosarinos nos sentimos muy orgullosos. El es parte de nuestra identidad y Rosario es parte de la identidad de Roberto.

La mística del viejo bar El Cairo, con su Mesa de los Galanes, sus mozos de quienes todos conocían sus nombres, la familiaridad de un lugar que se sentía como propio, ¿es irrepetible en esta época? ¿El pasado fue mejor?

Aquel Cairo que conocimos estaba en un momento histórico, cultural, social, político determinado. Todo eso ya no es, por tanto, lo que se da ahora, es algo muy distinto. En cuanto al pasado, me parece que no puede expresarse en términos absolutos. Hubo cosas del pasado que son buenas y otras que no. Cuando pienso en el pasado, pienso en gente querida, en los que hicieron mi felicidad de niño; en amigos entrañables y como muchos de ellos ya no están, entonces sí, pienso que ese pasado era mejor.