Controles de precios: “Lo culpo a usted Presidente”, la frase de Milton Friedman que Richard Nixon nunca le perdonó

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“Caballeros. Cuando se levanten todas las mañanas y se afeiten delante del espejo quiero que piensen muy bien en lo que les voy a decir. Pregúntense, ¿qué puedo hacer para aumentar la oferta monetaria hoy?”.

La arenga fue del jefe de asesores del presidente Richard Nixon (1969-1974), John Ehrlichman, a sus economistas en 1972.

La economía de Estados Unidos había empezado a sufrir complicaciones un año antes y Nixon, como casi todos los presidentes que sufren ese uppercut que los hace cambiar de planes, tiró por la borda la política de moderar el déficit fiscal que había prometido en su campaña electoral y empezar a corregir los desequilibrios que había provocado la aventura de Vietnam.

En enero de 1972 Nixon ordenó a sus economistas un plan platita para ganar las elecciones de ese año. A los distintos organismos les fue requerido que publicitaran sus medidas.

“Esta es una administración activa, ¿me oyen?”, dijo Nixon a los periodistas. “Donde piense que se pueda tomar una acción para estimular la economía, lo haremos”.

Nixon dio un discurso un domingo a la noche. Era 15 de agosto de 1971. Había tres problemas que resolver:

– Desempleo: para crear puestos de trabajo el gobierno bajó impuestos.

– Inflación: un programa de control de precios y salarios.

– Déficit externo: Estados Unidos no garantizaba más el valor del dólar respaldado por el oro. El precio ahora de cualquier moneda respecto del dólar era una pregunta sin una respuesta de antemano. Comenzaba una era de flotación.

En la campaña para presidente, Nixon había enviado a su equipo económico a preguntar a los gobiernos europeos sobre su compromiso futuro con el esquema de Bretton Woods, un sistema de tipo de cambio de las monedas que se había fijado después de la Segunda Guerra para evitar que los países se quitaran ventajas unos a los otros manipulando sus precios. Casi 25 años después, y luego de un período de crecimiento espectacular, Alemania había acumulado suficientes dólares, arrinconando a Estados Unidos que veía cómo su déficit externo y reservas caían. El gobierno de Washington llegó a pedir que sus ciudadanos dejaran de vacacionar a Europa por al menos dos años.

Lo cierto es que Gran Bretaña, Francia, Canadá y Alemania, en ese orden, devaluaron sus monedas. Siguió Estados Unidos.

Milton Friedman, el economista célebre de la Universidad de Chicago, defensor ya por entonces de las ideas liberales y monetarias, había recomendado a Nixon abandonar el tipo de cambio fijo y dejar flotar el dólar. Y festejó cuando Nixon anunció la salida del esquema de Bretton Woods. Sucedió todo lo contrario con los controles de precios.

Lo culpo a usted, señor Presidente”, le dijo Friedman a Nixon en la Casa Blanca. Friedman nunca más vio a Nixon después de eso.

Los controles de precios que instauró Nixon fueron los primeros en la historia de Estados Unidos durante un período de paz. O sea que el país ya tenía una experiencia previa.

El economista John Kenneth Galbraith trabajó al frente de esa oficina del gobierno estadounidense en 1941. Aquel edificio funcionó en la mansión Blaine, una casa elegante de estilo victoriano sobre la avenida Massachusetts cerca de Dupont Circle. “Excepto algunas excepciones, teníamos controles sobre todos los precios en Estados Unidos. La política durante la guerra funcionó”.

“Señor Galbraith, hay un señor allí afuera que lo quiere ver. Se llama Kines” (así lo pronunció).

Era Keynes, John Maynard Keynes, el economista británico, autor del libro Teoría General, tal vez la obra más importante de la economía del siglo XX, y uno de los autores del esquema de Bretton Woods. Galbraith había estudiado en Cambridge, Inglaterra, cuando Keynes ya había sufrido su primer ataque al corazón.

“Me dejó un paper que era una crítica a los controles de precios. Una condena lúcida a ellos”, contó muchos años más tarde Galbraith.

Para Nixon los controles de precios fueron populares y efectivos. Pero las distorsiones rápidamente aparecieron en las noticias. En junio de 1973 The New York Times publicó que en una granja de Texas freían 43.000 pollos por día porque el precio de alimentarlos (granos) era mayor que el valor de los animales. “Es más barato comerlos que criarlos”, contó el dueño de la granja.

¿La inflación? Bien gracias. En 1975 ya estaba arriba del 10%. El gobierno continuaba emitiendo dinero y los asesores de Nixon habían hecho honores a aquella promesa frente al espejo afeitándose todas las mañanas: la oferta monetaria que en Estados Unidos había aumentado 23% en los 50, lo había hecho 78% en los 70.

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