Sinopharm para chicos: cómo el kirchnerismo transformó la ciencia en una cuestión de fe

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Fuera de algunos bolsones de movimientos antivacunas que pululan por el mundo, el resto de la humanidad está convencida de que la vacunación es uno de los grandes inventos de la historia, y que superar la pandemia de Covid-19 depende principalmente de cuánto se pueda avanzar con la cobertura inmunitaria del planeta.

Ese convencimiento se basa en una confianza que es anterior a las vacunas: el método científico. Esto es, la comprobación empírica de algo que un grupo de personas denominados científicos postula en un lugar y momento determinados como hipótesis. Esa comprobación se basa en reglas objetivas. Si esas reglas se alteran, la confianza se horada.

Lo que ocurrió con la vacuna de Sinopharm para la población pediátrica en Argentina, desde que el Gobierno anunció su aplicación para chicos de 3 a 11 años, no ha sido otra cosa que una esforzada secuencia por romper esos códigos sagrados y transformar la ciencia en una cuestión de fe.

El último de estos episodios se conoció en las últimas horas: al contrario de lo anunciado por la ministra de Salud, Carla Vizzotti, China no empezó a vacunar a ese grupo etario antes que Argentina. Vizzotti había utilizado el 1° de octubre el “antecedente” chino como una de las justificaciones para que Sinopharm se empezara a utilizar aquí con el mismo fin.

Un rapto de sospecha ya había provocado en aquel momento la cifra que utilizó la ministra sobre la población de menores en China: “500 millones de chicos y adolescentes”, cuando los habitantes comprendidos entre los 3 y los 17 años se estima que son la mitad, unos 250 millones.

Una nena vacunada en Tianjin, China, este jueves. Foto: Xinhua

El argumento “de China” no fue usado sólo en ese marco oficial, sino también para convencer a los pediatras de que debían recomendar la vacuna a sus pacientes. Así lo informó Clarín el 14 de octubre. En un Zoom organizado unos días antes por la Sociedad Argentina de Pediatría, se dijo que China había usado la vacuna para esa edad cuando -ahora se sabe- no lo había hecho.

La infectóloga Charlotte Russ dijo en esa charla: “Emiratos Arabes es el que está haciendo el estudio de fase 3 y está vacunando a su población, lo mismo que China. Todos sabemos que los datos no son muy accesibles en esos países, pero hay una buena respuesta porque son países muy poblados, sobre todo China. Posiblemente no tengan publicaciones pero sí tengan buena respuesta”.

Pero si se lo piensa bien, el problema no es tanto el hecho de que la ministra Vizzotti o la infectóloga Russ hayan dicho algo delicadamente inexacto -presuntamente para generar empatía y convencer- sino que hayan tenido que recurrir a ese argumento para tratar de justificar la política sanitaria que se estaba anunciando.

Si se repasa el historial de las vacunas contra el Covid aprobadas hasta el momento en la Argentina, en ninguno de esos antecedentes se encontrará como argumento que tal o cual se iba a empezar a utilizar en nuestro país por el supuesto éxito que había tenido en otro u otros países.

No fue el “boca a boca” la forma en que la ciencia logró seducir a miles de millones de personas desde el siglo XVII, sino su celo por la inequívoca admisión de elementos objetivos que expulsan cualquier esbozo de opinión. Las vacunas que sirven, y en las que la gente confía, son las que atravesaron un determinado proceso de aprobación: fase 1, fase 2 y fase 3, con sus respectivas publicaciones.

Las primeras imágenes de chicos vacunados en China circularon este miércoles. Foto: Xinhua

Son tan peligrosos los movimientos antivacunas como las decisiones políticas que vulneran esos principios científicos fundamentales. En ambos casos se deja a los ciudadanos en un limbo similar: tener que tomar decisiones no en base a la evidencia científica, sino a una creencia.

Hoy se ha llegado al punto en que más de dos millones de chicos argentinos de 3 a 11 años han sido vacunados con Sinopharm, cuando China recién ha comenzado a hacerlo en los últimos días. Esas familias han confiado tanto en la aprobación de la ANMAT como en las palabras de la ministra Vizzotti.

Aprobación de la ANMAT que, por otra parte -como informó Clarín el 2 de octubre-, se registró 15 minutos después de que la funcionaria comenzara su recordada conferencia de prensa para anunciar que habían reservado 10 millones de dosis para ese grupo etario.

Aprobación, también, que provocó que la Sociedad Argentina de Pediatría manifestara inicialmente sus dudas sobre la eficacia del medicamento, aunque a las pocas horas, y sin mayor evidencia aparente que la que se tenía antes de la controversia, la entidad modificara su postura con el presunto objetivo de mitigar el escándalo.

Lamentablemente ha sido el Gobierno, con su decisión y la manera en que la comunicó, el que determinó que hoy una parte de las familias argentinas dude sobre la vacunación pediátrica con Sinopharm. No había ocurrido tal cosa con ninguna de las vacunas para adultos -salvo la Sputnik V antes de la publicación en The Lancet- ni con la de Pfizer para adolescentes.

Es factible que la vacuna china pueda ser útil contra el Covid. En condiciones normales, la última frase no debería haberse escrito en potencial. El hecho es que el eventual poder del inoculante hoy no puede ser aprovechado en toda su dimensión, debido a los cortocircuitos aparecidos en un pacto de confianza que hasta ahora había sido notablemente virtuoso. Eso cambió el día en que el paradigma de la ciencia destiñó con el de la fe.

PS

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