La otra cara de José Montesano, el relator de las emociones fuertes que le ganó a un cáncer: “Mis hijos fueron mi segunda quimio”

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Cuando se subió al podio en Japón, José Montesano juraba que había sido casualidad. Los protocolos y la historia no le permitían estar ahí, pero él también había ganado. Se aseguró la medalla en 2017, el año en el que venció un cáncer en los ganglios. “Me acuerdo que bajé y dije: ‘Me puedo morir tranquilo'”, asegura. Y la voz que trasladó a todos a Tokio durante los Juegos Olímpicos se entrecorta.

Mosquito -apodo con el que decidieron identificarlo sus amigos- pasó 24 años de sus 50 relatando básquet y vóley para TyC Sports, y otro puñado ejerciendo el periodismo en su Olavarría natal. No lo tenía en claro a los 10, cuando una inundación destruyó su casa y parte de su infancia. Tampoco en su adolescencia, etapa en la que empezó a “fantasear con alguna otra carrera”.

Tenía pocas certezas. Hasta había empezado a estudiar Comunicación en su ciudad y, tres meses después, dejó. Pero, antes de anotarse en el Círculo de Periodistas Deportivos, el oficio ya lo había elegido. “Nunca soñé con ser relator. Me gustaba, tenía la inquietud y me fui sintiendo cómodo. Hubo una seducción de deportes que no son tan masivos como el fútbol”, le cuenta, café mediante, a Clarín.

Montesano en el podio con los chicos de vóley. Foto: Gentileza Hugo Conte.

-Alguna vez dijiste que te alejaste del fútbol por la falta de respeto hacia los jugadores. ¿Eso también te expulsó como periodista?

-La situación con el fútbol es rara. Yo no me banco la falta de respeto para con el jugador. No puedo entenderlo. ¿Cómo alguien se puede sentar en una platea a insultar al jugador del propio equipo? Al del propio, al contrario… 2021 y no lo puedo entender. Como no puedo entender que vos como periodista vayas a una cancha y por ahí recibas maltrato, o te insulten, o te puteen…

-Igual, en el básquet y el vóley encontraste tu lugar. ¿Es un arma de doble filo tener una relación cercana a los protagonistas? Cuando te toca analizar su rendimiento, por ejemplo.

-Soy amigo de pocos, pero tengo buena onda con la gran mayoría. Por ahí la gente piensa que almuerzo con Manu (Ginóbili), ceno con Scola y tomo la merienda con Facu Conte y no es así, ni creo que suceda. No me condiciona, no me molesta, y me parece que la cabeza del deportista ha cambiado mucho también: hoy entiende bastante eso. Tampoco soy un periodista que vaya a buscar quebrar la tibia…

-¿Y los apodos o los latiguillos? ¿Cómo surgen?

-Los latiguillos salen, probás y funcionan o no. Me gusta jugar con eso y me exige. Con los sobrenombres, lo mismo. Me ha pasado de gente que me dijo: “Che, a fulano decile de tal manera”. Lo metí y salió. Y la gente no sabe que hubo un compañero que me lo sugirió… A Solé le digo Nene Malo porque un día entré a un hotel y estaba sonando Nene Malo. ¿El Heredero? No descubrí América, ja.

Mosquito junto a Facundo Campazzo, el ídolo de la Selección de básquet.

-¿Alguna vez se ofendieron?

-No, una sola vez usé un apodo de un jugador, que yo no se lo había inventado, y me pidió que no le diga nunca más así: a partir de ahí lo empecé a llamar por el nombre, o le decía “señor”. Doy gracias que tengo un buen ida y vuelta con la mayoría. Es más, cuando me equivoco siempre pido disculpas. Me castigo mucho. Con el tiempo he aprendido a superar esas situaciones, pero me quedan marcadas.

-¿Y fuera del micrófono? ¿Sos igual de pasional que en los relatos?

-No soy así. No ando por la calle a los gritos o poniéndoles apodos a los taxistas, ja. Pero siento que mi lugar en el mundo es el relato. Trato de transmitir lo que siento y veo de una manera, porque no concibo otra forma: alguna vez me planteé si estaba bien, pero es lo que siento. Fuera del relato no soy un tipo absolutamente pasional: hay cosas que me apasionan y otras pasan como si nada.

Montesano fue tendencia mientras la Selección Argentina de vóley emprendía su camino hacia el bronce en Tokio 2020. Lo había sido también en 2019, cuando el combinado nacional de básquet fue subcampeón del mundo en China. O en la clasificación histórica de Río 2016 frente a México, cuando Oveja Hernández le dijo que era la primera vez que un entrenador consolaba a un periodista.

Meses después de aquellos Juegos Olímpicos en Brasil, le puso una pausa a su carrera de relator y salió a la cancha a jugar el partido de su vida frente a un linfoma de Burkitt que buscó callarlo para siempre. “Lo primero que pensé fue en la muerte”, dice. Y el protagonista pasa a ser el silencio.

Las mellis tenían apenas seis cuando lo diagnosticaron a Montesano.

-Enseguida empezaste el tratamiento.

-Me dijeron y a los días empecé quimioterapia. No tuve tiempo de nada… En la cabeza te agarra un tsunami. Te cuesta reaccionar y meterte el chip. Después uno termina, no amigándose, pero sí acostumbrándose. El cáncer produce muerte, pero hay gente que se puede salvar: el mensaje tiene que ser ese. El cáncer para muchos sigue siendo mala palabra y así menos conciencia se va a tomar del tema. 

-En medio de ese “tsunami” que había en tu cabeza, ¿te pusiste a pensar en las cosas que te quedaban pendientes?

-No tenía la posibilidad de pensar en otra cosa. Tenía cosas pendientes, pero no tiempo: me internaba una semana, salía dos, me volvía a internar… No estaba bien y no podía moverme de acá. Sí en lo que pensaba era en seguir vivo para ver crecer a mis hijas, para poder compartir tiempo con mis hijos, para estar con la gente que quiero. Sentía que eso me podía quedar pendiente.

-¿Hubo algún momento en el que dijiste: “Basta, hasta acá llegué”?

Es imposible que no haya momentos en los que digas “no quiero más”. O “no puedo más”, porque en verdad a veces no es “no quiero”: es “no puedo”. No podés desde lo físico, no podés desde lo mental, no te alcanza, no tenés energía, sentís que no sos vos. En esos momentos hubo gente que me ayudó. Soy un convencido de que eso me terminó ayudando, más allá de la medicina y de los médicos que tuve.

Juana, Catalina y Emiliano fueron su “segunda quimio”, como describe.

-También tenías otra presión: tus nenas eran muy chicas y no querías que se enteraran. ¿Cómo hacías para llevarlo adelante, en medio de todo el dolor?

-Tenían 6. Hoy hablo con ellas de la enfermedad, pero en ese momento no podía hablar de cáncer. ¿Cómo le explicás a un chico qué es el cáncer, cuando vos te estás jugando ahí un partido día a día para ver si podés sacar un empate? Lo que tratamos de explicarles con Daniela, con su mamá, era que tenía una enfermedad, que me iba a internar y que iba a estar afuera de casa, pero iba a volver…

Un suspiro del propio Montesano interrumpe la respuesta. Ya no puede culpar al ruido de la máquina de café que funciona en el bar ni a alguna moto que aceleró sin importar el semáforo. No está distraído: está emocionado.

Catalina, Juana y Emiliano, sus tres hijos, fueron los pilares que lo sostuvieron de pie durante esos nueve meses cuando el destino lo sorprendía con un uppercut semana a semana. “Había momentos complicados para explicar qué pasaba. De golpe, que tus hijos te vean sin pelo… No les podía explicar que era por la quimio o por una medicación”, recuerda.

-¿Y qué les decías?

-Trataba de decirles que me lo había cortado porque se venía el calor y porque el tío lo usaba corto… Después ya no había pelo, no había cejas y tuve que decirles que para curarme tenía que tomar una medicación y a veces pasan estas cosas. Después me di cuenta que mis hijos fueron mi segunda quimio. Si estoy vivo, en gran medida, es también por ellas y por Emiliano, mi hijo. Tenía que estar.

Cuando las mellizas empezaban segundo grado, José se rehusaba a perderse el acto de bienvenida. Había salido de la clínica un domingo por la noche. Estaba “castigadísimo”. Pero, llegado el lunes, poco le importó: estuvo presente acompañando a sus hijas porque, como remarca, no le importaba nada más.

“Quería estar en el primer día de clases, porque podía ser el último inicio de clases que viera“, dice mientras revuelve el café y los recuerdos. Cuatro horas más tarde debió volver de urgencia al sanatorio: “Me pegó mal cómo salí y volvieron a internarme”.

-Una vez que superaste el cáncer, ¿notaste algún cambio en tu vida?

-Y, te lleva a modificar algunas cosas. No en todas, eh. Yo no creo en aquel que te diga: “Me cambió la vida”. No es mi caso. En algunas cosas he aprendido, en otras he mejorado, y en otras no he podido mejorar o quizá no tuve el aprendizaje suficiente. Pero sí hubo un antes y un después y, en algunas cosas, más allá de estar vivo, agradezco que existió ese antes y después.

-¿Por qué?

-Me cuesta mucho disfrutar de las cosas y en eso trato de ser más permisivo: me permito disfrutar más. Cuando hay algo que siento que no aprendí, digo: “Cómo no aprendí, si pude con esto”. Después hay un montón de situaciones que me siguen molestando. El ruido de la calle me molestaba antes, me va a molestar ahora, por ejemplo. Hay cosas que me siguen jodiendo, que por ahí no aprendí todavía.

-Cuando estuviste en el podio, ¿se te cruzó por la cabeza todo lo que habías vivido?

-Fue fuerte. Me cayó la ficha después. Me parece que no debe haber para un periodista algo así, un momento, que nunca está reservado, que es de los deportistas, Se te vienen un montón de imágenes… Pero no solamente del cáncer: de tu vida. De hacer un programa de radio en Olavarría e ir con una caja de CDs o que mi viejo me lleve para hacer una hora de radio… Se te viene todo a la cabeza.

La emoción de Montesano y Conte en medio de un triunfo de la Selección.

Poco antes de que iniciaran los Juegos, Mosquito estaba convencido de que su viaje a Japón no era más que una utopía. La situación epidemiológica estaba al acecho. “Si no tenía al menos una dosis de la vacuna contra el coronavirus, no viajaba”, admite el periodista. Pero la inyección llegó y, después de tantas dudas, emprendió la aventura.

Tokio 2020 fue, para Montesano, “vacío desde lo sentimental” por la ausencia del público. “Es muy duro lo que les pasó a los deportistas. Llegaron a un JJOO pero cuando miraron al costado no tenían a nadie: estaban solos”, comenta. El calor popular llegaba a través de las redes. Y José no estaba exento: sus relatos desde el corazón calaron profundo en la mayoría, que no tardó en comunicárselo.

La frase “punto, punto, punto” inundaba el inicio de toda cuenta de Twitter cada vez que la Selección de vóley se imponía ante alguno de sus rivales. Tiene una explicación: “Con Hugo (Conte) entendimos que nuestra tarea, además de transmitir, era otra: ser un poco el nexo entre ese grupo de chicos y un montón de gente que increíblemente acompañó al equipo en horarios extraños”.

Una dupla de bronce

Durante los Juegos Olímpicos de Tokio, José Montesano relató los partidos de la Selección Argentina de vóley por la pantalla de TyC Sports junto a Hugo Conte, quien supo ser uno de los ocho mejores jugadores del mundo en ese deporte. Y para el “querido Twister”, como lo llamaba Mosquito, tuvieron un sabor especial: su hijo Facundo Conte estaba dentro de la cancha defendiendo su misma camiseta.

Las emociones de aquella dupla que potenció las transmisiones excedía a lo que sucedía en un rectángulo de 18 x 9 metros. “Tuvimos muchas conversaciones fuertes, muy fuertes, que en lo personal fue enriquecedor. Eran charlas profundas fuera de lo profesional“, revela Hugo. Su coequiper, atento a cada palabra, agrega: “Es un crack adentro y afuera. Nosotros éramos una burbuja”.

La dupla de bronce: Montesano y Conte.

“Me gustaría que cuentes un poquito qué pasaba a la hora de la cena”, sorprende Conte. Montesano suelta una carcajada. “Cocinaba siempre, un grande. Llegabas -rememora- a la habitación y uno de los ocho mejores del mundo te decía: ‘¿Qué querés comer?’. Si algo le faltaba para ser un gran amigo, un gran compañero y un tremendo jugador era eso: zafarme a mí en la cocina, que soy bastante malo, ja”.

-¿Cuál era el menú que mejor le salía?

-Y, metía muchas pastas. No soy mucho de las pastas… Y después hacía una carne que le salía bastante bien también. Mucho pollo metía. Un día hablando con Manuela y Camila, sus hijas, me decían: “¿Sabés las veces que comíamos pollo cuando éramos chicas?”. Se ve que le metía mucho pollo a Camila y a Manuela. No sé si a Facu, ja. Facu debe haber ligado también mucho pollo de chico…

Tanto Conte como Montesano coinciden en que ese viaje fue “de mucho aprendizaje” y se permitieron la emoción a pesar de los micrófonos: “Hubo partidos en los que él se quebró y lo banqué, y otros que yo me quebré y él me bancó. También hubo partidos que nos quebramos los dos y no nos bancamos, o nos bancamos como pudimos. Y me parece que eso está buenísimo: poder mostrarnos humanos como somos“.

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