Mundos íntimos. Sueño cumplido: a los 500 años de la llegada de Colón, hicimos el viaje inverso con un mensaje propio

0
17
mundos-intimos.-sueno-cumplido:-a-los-500-anos-de-la-llegada-de-colon,-hicimos-el-viaje-inverso-con-un-mensaje-propio

Medianoche de diciembre de 1989. Regresaba desde el centro a mi casa de Olivos en el colectivo 59. Era una noche clara, poca gente. Miraba a través de la ventanilla intentando descifrar algunas ideas acerca de qué haríamos con ese viejo velero que habíamos comprado con mi hermano Marcelo y mi amigo del colegio, el Gringo Navarro. Se llamaba “Karma”. Habría que repararlo todo si queríamos realizar la aventura de cualquier navegante, hacer un largo viaje. Y esa idea que buscaba me atravesó de repente, sin avisar, como un rayo, y me estremeció. Llegué a casa, desperté a Marcelo, lo senté en un sillón y le dije: – ¡Ya lo tengo!

– ¿Qué tenés?, me respondió muy dormido.

– Tenemos que hacer el viaje de Colón, pero en el sentido contrario, devolver la visita, ser la voz americana ahora que se viene la movida mundial por el quinto centenario. Representar nuestra identidad, ir a Puerto de Palos como un espejo de la historia. ¿Estás de acuerdo?

– ¡Si!, dijo seco, y se fue a la cama de nuevo.

Símbolo. Este mural de mosaicos fue colocado en 1992 en Palos de la Frontera, de cuyo puerto partió Colón con las tres naves. Cinco siglos después, hace cuarenta años, un grupo liderado por Claudio Negrete, imaginó el recorrido inverso para llevar este mensaje.

Esa noche no dormí. Con 31 años, solo tenía una idea movilizante, un viejo y arrumbado barco en tierra y me proponía ir hasta Puerto de Palos sin experiencia alguna. Un delirio. Desde ese momento mi mente entró en estado alfa. El Gringo también dijo que sí, creyendo seguramente que se trataba de algo imposible de cumplir. A los pocos días me puse en campaña. Comencé a recorrer clubes náuticos y varaderos buscando barcos y voluntarios. Conocí a Betty de la Vega, un ama de casa navegante de muy buena onda que se sumó enseguida. Luego apareció Laurián Iordache, visitador médico que se unió sin dudar. “Contá conmigo”, me dijo Alejandra Aboy, compañera de trabajo y estudiante de Bellas Artes. Tenía que conseguir a mis apóstoles para semejante aventura que empezaba a sentir como un mandato ineludible. La selección la hacía a pura intuición. Los convocaba a una locura de difícil realización y, quizás, a un camino sin retorno de desilusión y fracaso.

Al poco tiempo me di cuenta de que no podía hacer mi proyecto solo desde los barcos o clubes porque era más que navegar, se trataba de una movida cultural e histórica. Entonces, decidí crear una fundación a medida que pudiera contener a todo el proyecto. Así nació Fundación Génesis, gracias a que otro amigo, Esteban Tancoff, psicólogo, que me contactó con el empresario Juan Carlos Bisio quien me dio una carta de intención por futuros aportes económicos, promesa que fue clave para ser registrada legalmente.

Partida. El catamarán Gandul, que participó del viaje, en el momento de zarpar hacia España para cumplir la utopía que Claudio Negrete se había planteado.

El proyecto tenía título y una idea fuerza potente: “Travesía 5. La última aventura romántica del siglo por una América unida y un Mundo Mejor”. La presentación pública del proyecto fue el La Rural durante el Salón Náutico de 1990.

Fue ahí que me encontré con un personaje clave en esta historia: Gustavo Díaz, un experimentado navegante de Comodoro Rivadavia que había dado la vuelta al cabo de Hornos, entre otras aventuras. En poco tiempo se habían anotado siete barcos aunque, vale reconocer, de dudosa capacidad para cruzar el océano. Todo me sumaba. Con Gustavo tuve largas conversaciones y finalmente aceptó el reto: vendió el velero que lo había acompañado en sus viajes y armó un grupo de jóvenes y adolescentes para construir un catamarán que representaría a su ciudad. Con los meses aquellos primeros barcos fueron desapareciendo, y lo único concreto que asomaba era ese proyecto de catamarán que se llamaría “Gandul”. En esa búsqueda una pista me llevó hasta el Náutico Quilmes para encontrarme con Carlos Maneiro, un comerciante que estaba por botar el casco de un velero de 10 metros con la idea de viajar a Galicia, la tierra de sus padres, junto a su esposa Rosalía y a sus hijos Pablo y Diego. Con Laurián conseguimos que se uniera y entonces se apuró a terminar el barco para hacer el viaje.

Si queríamos estar en Puerto de Palos en octubre de 1992 los veleros tendrían que zarpar en marzo para poder cruzar el océano no más allá julio y evitar los huracanes. Una preocupación empezaba a perseguirme: ¿cómo representar a toda América? El proyecto tenía avances y retrocesos, aparecían los primeros palos en la rueda para que no se hiciera. Abandoné la reparación de mi velero y también mi ilusión de cruzar el océano. Quedaba mucho por hacer en tierra. Teníamos la carpeta y dos barcos seguros, pero en construcción, y cero presupuesto. Faltaba un año para zarpar. Fue entonces cuando decidí cambiar la estrategia antes de que fuera demasiado tarde. Pensé: “Con lo que tengo, la única manera de representar a todo el continente es conseguir el apoyo de la Organización de los Estados Americanos”. Y así fue que toqué la puerta de la representación en Buenos Aires, y después de varias e intensas reuniones, mientras los papeles iban y venían de Washington, finalmente en julio de 1991 la OEA nos dio el respaldo oficial y autorizó para que los barcos llevaran su bandera. Luego vinieron las adhesiones del Parlamento Latinoamericano y de la Unión de Ciudades Capitales de Iberoamérica, apoyos internacionales que se sumaron a otros locales como la Comisión del Quinto Centenario, la Intendencia de la Ciudad de Buenos Aires, la Secretaría de Cultura de la Nación, la Gobernación de Chubut, el Congreso Nacional y la Cancillería, que declara al proyecto de “Interés Nacional”. Y se unieron más como la Armada Argentina, Prefectura Naval, Unión Industrial Argentina, CGT, SADE, Argentores, SADAIC y la Federación Argentina de Yachting. Fueron más de 30.

Pero quedaba una muy sensible e indispensable para lo que queríamos hacer: la de las comunidades originarias. Eduardo Astesano, un escritor respetado por ellas, nos abrió la puerta de la Asociación Indígena de la República Argentina. Nuevamente tomé mi carpeta y con Laurián nos fuimos hasta una casa ubicada en Flores. Fuimos dos veces y mantuvimos largas conversaciones hasta altas horas de la noche con Sabrino Zambrano y sus dirigentes. En el primer encuentro hubo más silencios que palabras. En el segundo, Sabrino rompió la apatía para preguntar: “¿Qué quieren de nosotros?”. A lo que le contesté: “Nada, no les pedimos nada. Los invitamos a que nos acompañen en la convocatoria por un mundo mejor”. Pasaron los días y recibimos una afectuosa carta con su adhesión.

Diciembre de 1991. Por suerte, el catamarán “Gandul” y el velero “El Gallego” ya estaban flotando, y tomaba forma la idea de sintetizar nuestro mensaje en un mural que representara nuestro sueño de un mundo mejor. Eran años sin internet ni Google y menos de redes sociales, las comunicaciones tenían otros tiempos. Todavía no llegaba respuesta a la carta que había enviado a la Alcaldía de Palos de la Frontera, donde está Puerto de Palos, informando de nuestra intensión de navegar hasta allá y dejar el mensaje. El 5 de febrero de 1992, es decir 52 días antes de la zarpada oficial que habíamos fijado, explotamos de alegría al recibir el sobre con la respuesta de la alcaldesa Pilar Pulgar Fraile. El círculo virtuoso empezaba a cerrar. El reloj marcaba tiempo de descuento. Pocos días después, en Comodoro Rivadavia, más de 10 mil personas despedían emocionadas al “Gandul” que emprendía un viaje de más de 1.000 millas hacia Buenos Aires donde arribaría casi un mes más tarde.

El día había llegado, eran las tres de la tarde del domingo 29 de marzo de 1992. En la histórica fragata estaban presentes distintas autoridades nacionales, el representante de la OEA, la banda de música, familiares y amigos, y hubo una suelta de palomas. Con la conducción de la periodista Graciela Moreno, cuatro barcos iniciaron una aventura que llevaría siete meses: el “Gandul”, “El Gallego”, el “Mono” de Víctor Valdemoros que se sumó al final para hacer la primera etapa, y una nave simbólica que era Fundación Génesis. “Travesía 5 – Por un Mundo Mejor” ponía así su proa hacia Puerto de Palos acompañada por una docena de barcos que nos escoltaron hasta el rio abierto. Invitado por Gustavo me sumé a su tripulación para completar la escala a Punta del Este donde entregamos a la municipalidad una copia del mensaje, una escultura representando la identidad americana realizada por Alejandra y Omar García Romano, y plantamos árboles. Tuve que regresar a Buenos Aires. Los barcos siguieron a Río de Janeiro y más tarde rumbo al norte para cruzar el Atlántico por el Caribe con destino a España.

Todavía no estaba resuelto el tema de los azulejos de los murales que pensábamos donar, y quedaban muchos trámites por realizar. Por suerte, la empresa San Lorenzo donó más de 300 azulejos blancos y la Escuela Nacional de Cerámica los pintó con las banderas de todos los países americanos. Betty, Alejandra, Laurián y yo llegamos a España en septiembre y nos instalamos en un departamento prestado en Punta Umbría, a 115 kilómetros de Puerto de Palos. YPF envió por avión los tres grandes cajones con los azulejos pintados y Valdemoros que se sumó a nuestro grupo los llevó hasta Madrid y los despachó a Sevilla desde donde los retiramos para ir después al museo de Palos con la idea de chequear que estuvieran todos y en buen estado. Quedaban escasos 10 días para su inauguración y no había margen para el error. Entonces, algo mágico pasó. Eran las 10 de la noche y estábamos revisando con un plano los azulejos presentados prolijamente en el piso cuando tomamos conciencia del lugar en el que estábamos: era la casa de los hermanos Pinzón, los verdaderos héroes del pueblo de Palos. Y justo 500 años después…

Tras 10 mil millas marinas recorridas por los veleros y la construcción de los murales, llegó el momento esperado después de tres años de incansable trabajo. Ese domingo 25 de octubre de 1992 fuimos recibidos con toda pompa en la Alcaldía. El salón repleto de gente. Éramos más de 30 argentinos, entre tripulaciones, amigos y familiares, acompañados por autoridades locales, de Andalucía y de otros países latinoamericanos. Tras los discursos de bienvenida y agradecimiento, nos dirigimos caminando junto a la banda de música municipal y vecinos hasta la iglesia San Jorge para asistir a misa. El templo desbordaba. Allí, frente a nosotros, el púlpito de hierro donde cinco siglos atrás Colón había leído la proclama real respaldando su aventura. Imposible contener la emoción. Después, hicimos otros cien metros hasta un punto alto sobre las barrancas del antiguo canal del puerto. Abajo, se podía ver el acueducto romano del cual los navíos de Colón se aprovisionaron de agua antes de zarpar. En ese lugar estaban los murales, imponentes, majestuosos, misteriosamente tapados esperando ser descubiertos. El principal de 6 metros con el mensaje, los otros dos, más pequeños, con los nombres de las instituciones y los nuestros. Decíamos, entre otras ideas: “Mientras prevalezca la violencia del hombre hacia su semejante, la violencia del hombre para con la naturaleza, la violencia del hombre para con la vida misma, nuestro testimonio en esta fugaz existencia será un triste recuerdo de lo que nunca debió ser.“ “Quedaremos como custodios para siempre de este mensaje que habéis traído de América”, señaló con afecto y emocionada la alcaldesa.

Esa noche tampoco dormí. Sentí una intensa paz. Habíamos cumplido el objetivo de dejar para los tiempos, en nombre de América y su historia, ese mensaje con el compromiso de construir un mundo más vivible y justo. Y nuestros nombres ahí en el mismo lugar donde partió el viaje de Cristóbal Colón. Fue una experiencia única, irrepetible, con todo lo bueno y lo malo que se pueda imaginar. Pasaron 30 años de aquel hecho que nos marcó a todos para siempre. Con cierta pena hoy no podemos decir que el mundo sea mejor. Pero estoy convencido de que podrá serlo en la medida en que no abandonemos nuestros ideales, los sueños y utopías que mueven a la vida misma. Porque nada es imposible en la medida en que cada uno se lo proponga. Intentarlo, sigue valiendo la pena.

—————

Claudio R. Negrete es periodista y escritor, licenciado en Ciencias Sociales y Humanidades (UNQ), con una maestría en Relaciones Internacionales (FLACSO) y estudios en la Universidad de Nueva York. Autor de los libros “La Profanación. El robo de las manos de Perón” (2002 y 2017), “Necromanía. Historia de una pasión argentina” (2010) y “Holone. Poesía en dos” (2016). En 1964, con solo 6 años, actuó en campañas publicitarias de la época y trabajó en programas hoy históricos de Canal 13 como “La Revista de Dringue Farías”, “La Tuerca” y “Sábados Circulares de Mancera”. Entre sus hobbies figuran la historia, el buceo y los barcos.