Manes aprobó su primer examen como jefe

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De los festivales de la unidad entre los opositores se anotan dos retablos del fin de semana. El más notable fue el acuerdo al que llegaron las tres tribus del radicalismo de Buenos Aires: la UCR formal que conduce Maxi Abad, el sector de Gustavo Posse (fuerte en la primera sección electoral), y Evolución (que se referencia en el loustosismo). Acordaron una nómina compartida para la nueva mesa directiva del partido. Buenos Aires es el distrito más grande de la Argentina, es donde nació el radicalismo, y los dirigentes empiezan a ver que recortarse poder entre ellos no los ayuda nada en la pelea electoral. Abad – mentor de Facundo Manes- repetirá como presidente del partido, con 14 delegados. Las otra dos etnias se dividen 5 para cada uno. El partido llevó a sus dirigentes a Mar del Plata, en ocasión del coloquio de IDEA, y llamaron el viernes a un acto callejero. Los efectos más importantes son: 1) la unidad de la fuerza y 2) que habrá listas radicales en todos los municipios de la provincia, algo que no ocurrió las elecciones de 2019. En el reparto de dignidades, Manes mostró capacidad negociadora para erigirse en prenda y beneficiario de esa unidad del partido detrás de su precandidatura presidencial. Abad se confirma como jefe provincial del partido y Posse será primer delegado al comité nacional del partido, función clave en el debate de las autoridades nacionales.

Los dramas de una provincia sin ballotage

La unidad es la clave de cualquier pergeño estratégico en Buenos Aires, por eso el PRO mostró también a los dos candidatos macristas de la provincia, Diego Santilli y Cristian Ritondo, junto a Horacio Rodríguez Larreta, numen de la nueva masculinidad. Elemental en cualquier mesa de arena: 1) en Buenos Aires no hay ballotage, gana la gobernación quien tenga un voto más que los otros. Es la razón por la cual una PASO perjudica más a la oposición. En una elección sin ese corsé, cada pelo hace sombra en la tierra y hasta el más chiquito pasa a cobrar, como dice Emilio Monzó, por ventanilla lo que le tocó en el reparto; 2) el adversario de la oposición es el peronismo y la provincia de Buenos Aires es el distrito en donde es más fuerte. Se sorprenden los analistas por los números de intención de voto, Axel Kicillof, siempre cercano a 30%. ¿Son votos suyos? Es el peronismo, stupid, cualquier candidato de ese partido sacaría ese porcentaje.

Cristina, jibarizada por Alberto y Massa

El peronismo, como la coalición opositora de Juntos por el Cambio, es una cooperativa de líderes sin primus inter pares. Esa fragmentación horizontaliza las estrategias y debilita la inteligencia y la planificación unificada. No se manejan, ni unos ni otros, con un diagnóstico unívoco de qué se juega en 2023. Tampoco ponen sobre una misma mesa las herramientas tácticas ni los recursos con los que podría contar el conjunto, para sumar fuerzas. En el caso del oficialismo, además, las desinteligencias expresan las contradicciones de la cúpula, que debilitan cualquier esfuerzo. Alberto Fernández y Sergio Massa han terminado imponiéndole a Cristina la política económica, algo fundamental para ella. El esfuerzo les ha llevado casi tres años. Empujaron el acuerdo con el FMI de Martín Guzmán como programa de gobierno. Cristina se cansó de hostigarlo al ministro hasta que logró que renunciase. Pero perdió la segunda batalla, la sucesión, que terminó en manos de Massa, cuyas ideas, métodos, proyectos y antecedentes son todo lo contrario de los que ella representa.

La debilidad de los poderosos

La única ventaja que tiene Cristina es de estilo: transmite con éxito la leyenda de que ella controla el gobierno con eficacia y esclarecimiento ideológico y estratégico. Por el contrario, ha fracasado en imponer la agenda económica, y sus socios en la trifecta presidencial, Alberto y Massa, la derrotaron. En la última crisis ni le concedieron el pedido de que Jorge Capitanich fuera el jefe de gabinete. Es acertado afirmar que el acuerdo con el FMI lo empujaron los dos, no para resolver un problema de gestión, sino para apartarla del gobierno. La leyenda de la superpoderosa Cristina prospera más en la oposición que en el oficialismo, que le discute el liderazgo. Es simple: la oposición la exalta porque tiene un alto desprestigio en los grandes conglomerados urbanos – los distritos del banderazo, adonde gana Cambiemos en la categoría presidencial – y es fácil ganarle elecciones al peronismo si ella está al frente. Ocurrió siempre desde 2009 salvo en dos ocasiones: 2011 y 2019. Así, deme dos. Esta debilidad de los poderosos recuerda la trama del cuento de Julio Cortázar “La salud de los enfermos” (Todos los fuegos, el fuego, 1966). Imagina las estratagemas de una familia para ocultarle a mamá que uno de sus hijos ha muerto, para no hacerla sufrir. Lo hacen con tanta convicción y eficacia que ellos mismos terminan tomando por verdadera esa ficción. ¿Cree el peronismo que Cristina lo maneja? Es difícil de probar la veracidad esa comedia piadosa, como la llama Cortázar.

La clave es armar un partido del ballotage

El peronismo, si quiere mantener el poder en 2023, tiene que ensayar una revisión de ese ciclo, que es una leyenda. La Argentina divide su electorado en dos familias políticas que confrontan desde la vigencia de la Ley Sáenz Peña. En la última década esas familias se expresan en dos coaliciones, superado el formato bipartidario de los años ’80 y los tercios de los años ’90. El activo que justifica su existencia es la unidad. Deciden su destino por el juego institucional instaurado en la reforma de 1994, que fuerza un sistema de doble vuelta para la elección presidencial. En un ballotage argentino, quien se divide pierde. La experiencia de 2015 trajo la novedad de la sindicación del voto no peronista en una coalición sólida, que ganó los comicios en la categoría presidencial, en el peor de los casos, en 5 de los 7 distritos más poblados de la Argentina (2019). Ese arco – el Partido del Ballotage – llevó a Juntos por el Cambio al poder en 2015 y colapsó ante el peronismo reunido en 2019, en primera vuelta. En 2023 la unidad vuelve a ser la herramienta principal de la competencia. Esta matriz es útil para entender los efectos de los movimientos preelectorales del oficialismo, que viene de perder las legislativas de 2021 y tiene un sombrío pronóstico en todos los sondeos de opinión.

Patricia es quien debe explicar

Cuesta mantener la paz hacia adentro de las formaciones. Las elecciones son una oportunidad para sacar diferencias. Diputados aprobó, como estaba previsto, la norma que prorroga y modifica la ley de barrios populares, una creación bipartisana de Cambiemos, el peronismo, la Iglesia y las organizaciones de la economía popular. La nueva norma salió casi por unanimidad – 227 votos afirmativos, 2 negativos y 3 abstenciones. La festejaron todos, pero Patricia Bullrich, que preside el PRO, partido que promovió la ley original en 2018, se enojó por la estética del proyecto. “Si sos okupa, no te pueden embargar. Si pagás impuestos y alquilás una propiedad, te destruyen. No entiendo, ¿a quién defendemos? Esto hay que explicarlo”. Ella debería explicarlo. No preguntarse por tuiter por un proyecto que aprobaron los diputados que le responden en la cámara.

La unanimidad asegura que las leyes duren en el tiempo

Esa ley cumple una regla de oro de la política, pocas veces observada por sus protagonistas, que hay que confiar sólo en proyectos que resistan el paso del tiempo y la sucesión de los gobiernos. Una ley aprobada con el quórum justo – como la que sacó el Senado por 36 votos a 33 – está destinada durar poco tiempo. Una norma que sale por unanimidad de las cámaras tiene asegurada su sobrevida futura. Esa participación de gobernadores e intendentes prefigura la posibilidad de que, en alguna reforma futura, el FISU {fondo que financia las obras en los barrios) sea coparticipable. Es otra forma de asegurar su duración en el futuro. La señal viene de dos costados. El gobierno necesita la empatía, diría Manes, de los gobernadores, para una aprobación exprés del presupuesto 2023. La oposición se anota para gobernar desde el año que viene. La experiencia de 2015-2019 les dicta que sólo se puede gobernar el país con el concurso de las provincias. Lo demostró la presidencia Macri que, siendo un gobierno de minorías, produjo logros de mayorías: no controlaba ninguna cámara del Congreso, los territorios estaban en manos de los peronistas y había ganado por 2 puntos en 2ª vuelta. Logró sacar más leyes por iniciativa propia que el gobierno de los Fernández, que es mayoría en las dos cámaras, mantiene la hegemonía territorial en la mayoría de las provincias y ganó por paliza en primera vuelta. Siendo minoría, Cambiemos ganó las elecciones de medio término de 2017. El peronismo, siendo mayoría, perdió la legislativa de 2021.

Cromagnon y el neoliberalismo

Un despropósito el de Bullrich, como el de la diputada peronista por la CABA Paula Penacca, que también debería revisar los protocolos de su partido. Representa al FdT y esmeriló el debate sobre expropiación del local de Cromagnon, mezclándolo con “el modelo neoliberal que también expulsó a la juventud, a los científicos y a las científicas de nuestro país, también propuso un modelo de país en el que no entramos todos y todas”. Pudo haber recordado los esfuerzos del peronismo de su distrito y del gobierno nacional por defender al jefe de gobierno Aníbal Ibarra, cuando se discutió su destitución. Con amigos así…

Legisladores esperan aumentos de sueldos

La otra trama para seguir es el factor humano en el Senado, que como anunció esta página, sigue atascado por la salud del jefe del bloque José Mayans – Maurice Clos ya se repuso de una operación menor. Con el paso de los días, le cuesta más a Cristina tener oxígeno para que sesione el Senado, y más aún cuando son temas de interés político para el oficialismo. Un legislador enfermo, y se le cae la estantería. El resto de los legisladores, en las dos cámaras, están en estado de alerta y movilización contra la patronal, que son Cristina y Cecilia Moreau. Reclaman que les repongan la norma “de enganche” por la cual diputados y senadores cobraban salarios enganchados a la paritaria de los empelados legislativos. En julio último, las autoridades del Congreso, Cristina y Massa dispusieron el aumento por enganche. Pero el senador Luis Juez, de Juntos por el Cambio, se negó a aceptar esta mejora. Cristina y Massa, que habían establecido ese aumento, lo retrotrajeron. Cristina fue de la idea de que el aumento a los legisladores se discutiera a cielo abierto en el recinto de la dos cámaras. Nadie quiere pagar el costo de imagen que implicaría la discusión por un 70% de aumento, a números de julio. Cristina sostiene la medida de desenganchar. Cecilia Moreau, que heredó el cargo de Massa en Diputados, no se anima a planteárselo a Cristina.